Pero perdóname que esta vez, en mi afán de enseñarte, imite tus alas con mis plumas de carroña, alce vuelo y me estrelle, sin ninguna misericordia, contra esta montaña tan peligrosa que tienes en frente. Y junto con el sol, al final de un atardecer, que mi sangre se evapore y tu aprendas de su resplandor, de su quietud, de mi dolor.
lunes, 15 de febrero de 2010
Suerte.
Te tengo tanta envidia, como aquellos que duermen mientras tu los observas, insomne. Aún así tu sonrisa e ignorancia me alegran. Has cambiado, tus dientes tocan la luz del día (y de la luna también). No paras de soñar, de pensar lo invencible que puedes (y podrás) llegar a ser.
Pero perdóname que esta vez, en mi afán de enseñarte, imite tus alas con mis plumas de carroña, alce vuelo y me estrelle, sin ninguna misericordia, contra esta montaña tan peligrosa que tienes en frente. Y junto con el sol, al final de un atardecer, que mi sangre se evapore y tu aprendas de su resplandor, de su quietud, de mi dolor.
Pero perdóname que esta vez, en mi afán de enseñarte, imite tus alas con mis plumas de carroña, alce vuelo y me estrelle, sin ninguna misericordia, contra esta montaña tan peligrosa que tienes en frente. Y junto con el sol, al final de un atardecer, que mi sangre se evapore y tu aprendas de su resplandor, de su quietud, de mi dolor.
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